• Wed, Feb 2026

LA PROCESIÓN COMO MEMORIA VIVA: UN RITO QUE SE CAMINA

LA PROCESIÓN COMO MEMORIA VIVA: UN RITO QUE SE CAMINA

LA PROCESIÓN COMO MEMORIA VIVA: UN RITO QUE SE CAMINA

Por: Nicolás Lubo Matallana 

Había llovido demasiado para ser fechas de fiesta patronal. No era lo habitual. De hecho, este suele ser un periodo de sequía, de calor seco y cielo abierto. Por eso la lluvia desde la madrugada resultaba extraña, casi fuera de lugar, como si el tiempo hubiera decidido desordenar el calendario.

Pensé que no podría asistir a la primera misa, esa que siempre me resulta la más genuina en fervor, quizá porque me devuelve a una época en la que la festividad no estaba atravesada por la agenda pública ni por los discursos, cuando los políticos aún no se tomaban el ritual y la fe se vivía sin micrófonos ni tarimas. Dudé. Pero la idea de que la lluvia depurara la jornada, de que solo quedaran los que realmente iban a estar, terminó empujándome a salir.

Ya dentro de la procesión, caminé bajo una brizna suave que no imponía su fuerza pero sí dejaba huella. Las calles estaban encharcadas y brillantes. Los papelitos de colores se pegaban a la ropa húmeda y, sin avisar, imprimían su color en la tela. El piso no estaba resbaloso. La dificultad no estaba abajo. La dificultad iba arriba.

Desde adentro, la procesión no avanza, se sostiene. Más de veinte hombres cargaban la imagen y otros tantos caminaban alrededor, esperando turno, atentos, gritando. Ahí no había rangos ni apellidos que pesaran más que el hombro. Cargaba el político junto al comerciante, el médico al lado del hombre venido de los pueblos, el que viste bien junto al que llegó como pudo. En ese tramo del recorrido, la fe borraba las jerarquías. No había filas ni orden ceremonial como en las procesiones de Semana Santa. No existía una cofradía rígida. Existía un cuerpo colectivo en movimiento. El relevo se daba entre miradas, empujes medidos, brazos que se alzaban pidiendo espacio. Nadie contaba hasta tres. Nadie daba órdenes. El anda bajaba apenas, lo justo para que un hombro cansado saliera y otro entrara.

Como siempre, la procesión iba presidida por el señor obispo, avanzando con paso contenido, rodeado por un séquito de sacerdotes vestidos con sus mejores casullas con imágenes alusivas a la Virgen María, telas cuidadas, bordadas, pensadas para la ocasión. A su alrededor caminaba también uno que otro laico devoto, solícito, atento, casi ceremonioso en su entusiasmo. Un orden litúrgico impecable avanzando al frente, mientras unos metros más atrás el pueblo sudaba, gritaba y cargaba la fe con el cuerpo.

Y estaban también las mujeres, caminando la procesión como siempre lo han hecho, con la mejor gala posible. Ojalillos bien planchados, vestidos claros, bordados delicados, el pelo arreglado, el paso firme. No es vanidad, es respeto. Para muchas de ellas, presentarse así es parte esencial del rito, una manera de estar ante la Virgen y ante la ciudad. Mientras los hombres sostienen el peso con los hombros, ellas sostienen la procesión con la constancia del paso y la dignidad de la presencia.

También estaban los niños y las niñas. Algunos caminaban de la mano, otros iban sobre los hombros, otros corrían y regresaban, atentos a la imagen, a los globos, a las voces. Llevaban velas pequeñas, flores apretadas entre los dedos, miradas largas. Entre el ruido y el paso lento de la procesión, sus cuerpos pequeños avanzaban sin estorbar, ocupando el lugar que siempre han tenido.

Desde lejos, la imagen parecía danzar alrededor del parque. Desde cerca, esa danza era resistencia. El balanceo no era coreografía, era corrección constante. Cada paso implicaba un acuerdo silencioso entre cuerpos distintos sosteniendo un peso que no pertenecía a nadie en particular, pero que todos asumían como propio. El sudor se mezclaba con la brizna. Las guayaberas blancas se oscurecían y se pegaban al cuerpo. Las manos buscaban agarre. Los hombros se hundían.

No podía faltar el saludo cercano del párroco de la catedral. En medio del avance lento de la procesión, celebrando con júbilo la fiesta de su parroquia, hizo un alto en el camino. Se acercó sin prisa y me dio un abrazo cariñoso, de esos que no son protocolares. Fue un abrazo de reencuentro, después de un año de estar por fuera, una pausa breve pero significativa dentro del bullicio y el fervor. En ese gesto sencillo, casi doméstico, la fiesta volvió a ser también hogar.

A lo largo del recorrido, mientras el anda avanzaba entre voces y hombros cansados, la escena se duplicaba hacia arriba. Desde los balcones y terrazas que enmarcan la plaza, el ritual se completaba con el lanzamiento de pétalos de rosas y globos de colores que caían lentamente sobre la procesión, como una lluvia distinta, deliberada, devocional. Entre esos gestos también se alcanzaban a ver figuras reconocibles de la vida nacional, políticos en ejercicio y aspirantes, observando desde su posición elevada, contenidos por esquemas de seguridad extremos, escoltas discretos pero visibles. Abajo, el pueblo seguía su camino, mojado, gritando vivas, cargando la imagen, entregado al fervor. Dos mundos compartiendo el mismo espacio y el mismo día, pero no el mismo lugar.

Mientras tanto, en la plaza, el escenario era otro. Carpas improvisadas, cables, luces blancas, estudios portátiles de televisión y radio transmitiendo en vivo. Periodistas entrevistando a personalidades, políticos y aspirantes, todos dispuestos a dejar constancia de su presencia. Todo ocurría en paralelo, casi sin tocarse, en medio de una fiesta que para muchos seguía siendo, ante todo, un acto de fervor. Y en ese contraste, la lluvia inesperada empezó a sentirse distinta. No como un accidente climático, sino como una protesta silenciosa. Como si el cielo recordara, a su manera, lo que la fiesta debería ser.

En medio de ese avance, sin que lo llamara, volví a la infancia. El recuerdo más temprano que tengo de la fiesta de la Virgen de los Remedios es de cuando tenía tres años. Mi madre me llevó a la procesión. Entonces, los hombres recogían la vela vestidos con su mejor gala, traje entero, saco y corbata. No era solo vestirse bien, era disponerse. Y había un aroma que lo sellaba todo. La fragancia por excelencia era la María Farina, persistente, reconocible, flotando en el aire como una firma invisible. Ese olor quedó adherido a la memoria como un residuo de elegancia y recogimiento, un pasado que resiste.

Estábamos mi madre y yo en la esquina de la calle Segunda con carrera 9, esperando la salida de la procesión alrededor del parque. Entonces llegó mi padre, como nunca antes lo había visto, también vestido de saco y corbata. De entre la chaqueta sacó la vela candelaria. Para nosotros fue un tesoro. Aquella vela no era un objeto cualquiera. En mi memoria, las velas encendidas por mi abuela y por mi madre tenían un poder silencioso. Disipaban las tormentas. No solo las del cielo, también las otras.

De ese niño pasé, casi sin darme cuenta, a otro lugar dentro de la celebración. A los diez años fui monaguillo. Éramos más de quince y había pocas sotanas. Nos disputábamos el derecho a participar con una ansiedad infantil que hoy entiendo mejor. Cuando me entregaron una sotana, sentí que me habían concedido algo importante. Participé toda la jornada y, en la salida de la procesión, llevaba uno de los incensarios. Aún recuerdo el peso del metal y el vaivén del humo subiendo, mezclándose con el calor.

Lo que más me impactaba entonces era el sonido. La detonación seca de las choriceras de matasuegras, como salvas militares, marcando el ritmo junto a la banda. Esa melodía, al menos para mí, no ha cambiado en todo este tiempo. Hoy volvió a sonar igual, atravesando los años, como si la música supiera quedarse cuando todo lo demás se transforma.

Volví al presente sin darme cuenta. A esta procesión en la que ya no miraba desde la acera ni desde un balcón. Hoy estaba dentro. Hoy los hombres ya no visten traje entero. Visten guayabera, blanca, fresca, pensada para el trópico y para el esfuerzo. No es menos respeto, es otra forma de estar. Las mujeres siguen caminando con su mejor gala. Antes había rigidez y peso. Hoy hay ligereza. Y, en ese tránsito, también se han ido quedando cosas atrás.

Antes, vestirse era parte del rito. La procesión comenzaba en la casa, frente al espejo, al ajustar la corbata, al lustrar los zapatos. Hoy muchos llegan sin esa pausa previa. No es falta de fe, es otro tiempo. El celular aparece donde antes había manos juntas. La conversación se impone donde antes había recogimiento. La tradición sigue viva, pero se adelgaza por los bordes.

Las voces no se apagaron en todo el recorrido. Gritos de alabanza, vivas lanzados a pulmón, odas repetidas una y otra vez. Algunos gritaban desde la emoción, otros desde el cansancio, otros para darse ánimo. El sonido empujaba tanto como los hombros. Era un oleaje humano alrededor de la imagen.

También los aromas han cambiado. Ya no es la María Farina la que domina el aire. Hoy se mezclan fragancias distintas, más nítidas, más modernas, abriéndose paso entre el sudor, la brizna suave y el olor húmedo de las calles. El fervor sigue ahí, pero el cuerpo que lo acompaña huele distinto, como huelen distinto las épocas.

Vi hombres que no pedían protagonismo. Cuando dejaban el turno, se hacían a un lado, se secaban el sudor y se mezclaban de nuevo con la multitud. Nadie los aplaudía. Nadie los nombraba. Y, sin embargo, sin ellos no había procesión posible. No había danza. No había recorrido.

La imagen completó su giro alrededor del parque. Desde lejos volvió a parecer liviana. Desde cerca seguía siendo pesada. Y en ese contraste entendí algo que hoy se me hizo claro. La procesión es un camino de ida y vuelta. Se entra al presente y se sale cargando la infancia. Se vuelve a ser monaguillo, hijo, nieto, mientras se camina como adulto entre hombros cansados y voces alzadas.

Algunos llamarán a esto idolatría. Yo no. Hoy entendí que esto es una manera de demostrar la fe en una tradición. Una fe que no se explica. Se camina. Se carga. Y mientras haya memoria que empuje, mientras haya alguien dispuesto a poner el hombro, la Vieja Mello seguirá avanzando con nosotros, año tras año, aunque cambien las telas, los olores y el tiempo.

Diario La Guajira

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